lunes

El blanco perfecto.


Era la noche de un atípico martes, de cielo claro y nubes opacas, cuando Jaime Meirovich visitó por ultima vez el exterior de su casa, contemplando detenidamente los movimientos de la calle que sus 81 años le aportaron tal habilidad y con cierta mirada de nostalgia de tiempos pasados desde aquél mármol blanco que brillaba reluciente bajo la puerta de la calle 71 entre 10 y 11.  El mismo mármol que los habitantes del PH pisaban antes de entrar.
Un último y extenso suspiro fue la pauta que implicó el fin del día, a la espera de un descansado y merecido sueño. La puerta se cerró dándole paso a una inmensa oscuridad que recubrió casi todo el pasillo. Con la palma en la pared rastreó a su manera el interruptor que daría fin al manto negro, y así poder avanzar hasta llegar a su puerta. A su vieja y conocida puerta. Robusta, contemplaba al anciano con su ojo, irónicamente.
Los recovecos de la cerradura sintieron el frío, dándole paso al anciano a su hogar. Una sensación de satisfacción y seguridad recorrió su cuerpo. Optó por obviar la cena, su cuerpo cansado pedía a gritos una superficie en donde recostarse. Se dirigió a su cuarto, encendió un pequeño velador junto a su cama y tras tomar una sábana limpia del antiguo placard, dio paso a la oscuridad. Sus propios párpados ejercieron fuerza suficiente para caer, y así Jaime dejó, momentáneamente, éste mundo.
Pasaron tan solo algunas horas, y el silencio al fin se interrumpió. Pasos, suspiros y pequeños golpes de movimientos bruscos culminaron el clima del PH. La sombra se dirigió hacia la robusta puerta. Triste, la mirilla sintió el golpe que derribó su soporte. La puerta había caído.
Pupilas dilatadas abrieron paso entre la oscuridad del cuarto de techo alto, y gritos sobresaltaron al viejo. Sintió confusión y más confusión. Su cuerpo sintió las manos de odio de un joven de no más de 25 años, quien descargó con furia su dolor y ambición en la piel del anciano.
Al abrir los ojos, se sintió inmóvil y solo. Reconoció a los pocos segundos que se trataba de su baño. ¿Quién iba a pensarlo? Ahora estaba él, sintiendo cómo las curvas de la bañera no se terminaban de adaptar a su cuerpo. La misma sábana que lo protegió durante la noche, ahora lo rodeaba, con fuerza y sin descanso. Pasaron tan solo unos minutos hasta que miles de puntadas invadieron su cuerpo, como abejas que dejaron allí el rencor de una vida entera de sufrimiento.
Las horas pasaron y su reloj interno contó más de 16. Nunca supo cuantas fueron, ni cuantos golpes recibió, pero desde aquél día, jamás volvió a confiar en aquél sucio mármol.

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